Evocaciones 2005 (II)

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Claro, en Olmedo de la Sierra la muerte de una bestia era una desgracia animal pero también humana. En los tiempos que corren se llora la muerte de la mascota o la desgracia del coche que se estrella en cualquier curva o en cualquier recta. En Olmeda se lloraba la muerte de los machos(mulos, mulas había pocas) y jumentos que son energía viva, sin gasolina, que arrastra el arado y carga talegas, serones y demás. ¡Cuánto ha llovido! Se llora la muerte de una caballería. Es el afecto que despierta y es la pérdida patrimonial enorme.

Las estructuras para retirar los animales muertos son de arrastre elemental. Por el camino del Pairón del Rosario. Quizá medio kilómetro, quizá ochocientos metros de arrastre y allí queda el festín, en la pendiente que se inclina hacia el Barranco del Reajo donde se crían barbos. El festín preparado para buitres y cuervos que rematan la faena entre peleas y disputas de bocados preferidos. Qué enorme espectáculo la presencia de los carroñeros. Concentrados en la faena, ahitos de despojos, permiten que los zagales asistan a la representación. Cómo planean, majestuosos, como aterrizan, cómo banquetean. Lo peor es el despegue. Y allí quedan los cuervos, en el rosigue definitivo, manchando la escena de negras pinceladas.

Parejo destino humano y animal en la aldea. Subir las costeras del término, arrastrar la fatiga del ciclo agrícola, con genio, con decisión, casi con alegría para después salir unos por el camino de la fuente hacia el entierro y otros por el camino del Reajo. Unos, devorados por gusanos. Otros, por buitres carroñeros. Qué más da. La proximidad del hombre y el animal, pocas veces tan ciertas, en la vida y en la muerte y en el afecto.

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Las palomas que buscan el sustento en los rastrojos. Que llenan sus buches de grano. Que vuelan en bandadas y se posan en El Cabezo, junto a la Peña llamada de las tales. Las palomas en Olmeda de la Sierra marcan el esplendor y la decadencia del lugar. ¿Qué fue antes el huevo o la paloma? ¿Quién se fue antes de Olmeda, las palomas o las personas? Las palomas que vuelan a los rastrojos habitan en el pueblo junto a las personas. Sobre todo en la iglesia. Entre las cúpulas ciegas y el tejado donde siembran sus descuidados nidos, sus huevos por parejas y sus pichones. Es el palomar de la iglesia. También anidan en los agujeros de sus muros. En el chapitel de la humilde torre, en su tejado, en sus fachadas todo son revuelos y zureos de palomas. Toda la iglesia, enorme, en el corazón del pueblo, es un palomar gigante. Las palomas, a veces, hasta se cuelan en la liturgia latina que atropella el buen cura con reconocida fama en la comarca. El gallico, remate de la veleta que marca los vientos, es buen lugar para el pichón más descarado siempre que la flecha no sople el cierzo invernal. Estas palomas parecen propiedad del cura. Es decir, de la Iglesia. El cura, por caridad, receta pichones para los enfermos pobres que son casi todos los enfermos. El cura vende la palomina para fertilizar la tierra. Bajar la palomina del palomar sagrado tiene su aquél. Las palomas de Olmeda, tan cercanas a lo sagrado, son también sagradas. Y la casera del mosén persigue a los zagales que persiguen, a pedrada limpia, a las palomas expuestas en los muros del templo. Las palomas, atacadas por los rastrojos por cualquier cazador descreído, que los había. En fin, las palomas, el cura y el pueblo era una trinidad consustancial e inseparada. ¿Quién emigró primero y rompió la sociedad? Ahora, ni cura ni palomas ni nadie.

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Están los gorriones, tan de pueblo, tan cercanos, como las palomas, a la vida cotidiana de las gentes del campo. Los gatos, los perros, las palomas y gorriones insisten en acercarse a la vida del ser humano a la par que aprenden a esquivar sus crueles ataques. Por razones de subsistencia y por el ancestral instinto cazador patente, sobre todo, en los zagales, se acostumbra a convertir en blanco de sus pedradas a unos animales tan cercanos.

Pobres gorriones que anidan como las palomas en los agujeros de los muros de la iglesia. Inútilmente se acogen a sagrado estas avecicas. También ponen sus huevos en los aleros de las casas. Cuando las crías están a punto de emprender el vuelo y la libertad, cosa que se adivina por los tonos de sus llamadas, entonces los mozos piensan en su merienda de gorriones. Con sus escaleras y sus ganchos de alambre, recorren el pueblo para escarzar los nidos y hacerse con una buena percha de pequeñas aves, todavía con plumón. La fiesta de los pajarillos fritos. Pobres gorriones.

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La marrega. En el diccionario de María Moliner márrega. Término propio de Aragón. Por ello, ese acento esdrújulo se antoja extraño. Cuando la marrega vivía por las eras y pajares de Olmeda de la Sierra, las palabras con acento en la antepenúltima sílaba eran poco menos que imposibles. Marrega, que no márrega, cuando llega el verano y la paja y el tamo se avientan en la era y vuelan por el pueblo y cubren las calles y penetran por el cuello de la camisa y se pierden en el pelo y producen pruritos en la piel, entonces la marrega se encarama a los hombres de los mozos y se convierte en protagonista de la aldea. Entrar la paja al pajar con la marrega es la faena menos querida de todas las que giran entorno a la trilla. Otros tiempos. Las mozas, no se emocionan con zagales metrosexuales que visitan a la peluquera estética para que les tiñan unas mechas antes de darle unas patadas al balón un fin de semana en el Bernabeu, en el Calderón o en el Campo Nuevo, ya viejo del Barcelona. Que va. Entonces las zagalas mocitas se enamoran de los mozos que, en menos tiempo, vacían más marregas de paja en el pajar. Uno de los trabajos de Hércules, a pleno sol, llenar la marrega de paja, cargársela al hombro y caminar hacia el pajar. Doscientos, trescientos metros o más de penitencia. Y vuelta a empezar. Se llena el pajar para el invierno, para las caballerías, para el rebaño. Mientras, verano, sudor, polvo y paja en la era. Tremendo.

Y la marrega no es otra cosa que un saco enorme de color blanco manchado que sirve para transportar la paja separada del grano. Bueno, cada marregada en el pajar como un gol para zagalas tiernas. Los mitos de aquellos tiempos en aquel lugar.

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Llega la cuaresma y la aldea se cubre de tristeza y de ceniza. De ceniza y barro que se amasan con agua de la fuente para poder plantar las birlas en plenas calles para que las mujeres, sobre todo las mujeres, puedan hacer puntería y abatirlas como si de un ejército de soldados de madera de chopo se tratara. Que eso era el juego de bolos, en Olmeda llamadas birlas, billas en Cataluña. Diversión propia de cuaresma que termina con un riau riau y un chocolate con pan de cinta horneado en el horno del lugar la semana anterior.

Las birlas es juego de cuaresma, porque en cuaresma hay prohibiciones, como el baile, que, tal vez, son pecado y condena en la predicadera o púlpito por parte de mosén Francisco Borgas que, sin embargo, su adición al subastau y al guiñote no merecían tacha. El buen cura tampoco hubiera admitido las persecuciones laicas de nuestro tiempo para su costumbre empedernida de liar cigarrillos como trancas.

Las birlas se plantan. Y para que se queden bien plantadas hay que hacer un barro a punto, no muy caldoso ni muy seco. Porque las birlas son mozas largas, enfermas de anorexia con poca base de sustentación. Esa es la peculiaridad de esos bolos-birlas. En otros lugares, los bolos, como su nombre parece indicar, son rechonchos con fácil acomodo y no precisan de barro para tenerse en pie.

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La Pascua Florida, de la Resurrección, de la primavera, de la flor del almendro y del pipirigallo. Los zagales de la escuela, dirigida por D. Alfredo, D. Paco, D. Avelino o D. Manuel, maestros sucesivos para los niños, o por Doña Paz, maestra de zagalas, peregrinan a los campos, arrebatan las flores a la naturaleza y las depositan, con un poco de agua, pronto corrompida, en una lata cilíndrica que retuvo alguna conserva, y la presentan en la escuela para adorno del altar mariano de las flores. Otros tiempos ya imposibles. Antes, el mayo. La gran aventura de los mozos en la Pascua. El mayo, aquel árbol cuanto más alto más prestigio, que, la mañana de Pascua aparecía hincado en medio de la plaza. Robado a las choperas del Nogueta o del Reajo o a la olmeda de Piedrahita o el Colladico. Por allá, por lo más alto y escondido de la Sierra. Talar el árbol y, en la oscuridad de la noche, bajarlo por caminos inverosímiles para que, cuando las campanas sonaran a resurrección, el pueblo entero contemplara, siempre sorprendido, aquel inmenso mástil que subía hacia el cielo, coronado con un ramo de naranjas que se había trocado por trapos al último quincallero que llegó al lugar. El mayo, cual ciprés de Silos lanzando su plegaria al infinito necesario.


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La naturaleza domina la madrugada y mañana de la Pascua Florida. No sólo el mayo arrancado del campo e hincado en la plaza. También el ramo y la enramada. La enramada, el arco vegetal levantado como el mayo en la oscuridad de la noche, a la entrada de la iglesia que, junto con el tañer de las campanas, solemnizan la mañana gloriosa a la entrada de la liturgia. Y el ramo colgado también en la noche en la ventana, podía ser de acebo, y que era como una carta declaratoria del mozo a la moza. Una carta sin firma que removía el cotilleo en toda la aldea. Eso era el ramo en la ventana. No dormían tranquilas las zagalas en la noche del Sábado de Gloria. ¿Habrá ramo en mi ventana? Mañana de Pascua de alegría para unas, de frustración para otras. Poco a poco el remite de la carta es descifrado. Basta subirse a S. Jorge para observar cómo se emparejan los mozos con las mozas en los paseos primaverales por la verdura de las eras.