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El fenómeno el Niño

Esta primavera los centros meteorológicos mundiales nos alertan de que nos encontramos ya ante un nuevo fenómeno de "El niño". Este fenómeno, que suele durar de unos seis a ocho meses, hará que diluvie en el desierto de Perú y Atacama -el lugar más árido del planeta- y haya sequía (y los devastadores incendios forestales asociados) en las selvas ecuatoriales de Indonesia, Indochina y el norte de Australia. Hasta aquí nada que no haya pasado antes. De hecho el "niño" es un fenómeno periódico que ya los conquistadores españoles relataron en las "crónicas de indias" de nuestro Siglo de Oro.

Este fenómeno ha tenido consecuencias desastrosas cada vez que se ha producido. En 1998 Australia dejó de ingresar 1500 millones menos de ¬ a consecuencia de la sequía y la industria pesquera del Perú se hundió debido a que el aumento de temperaturas del agua en el Pacífico Este acabó con el plancton, vital para uno de los bancos de pesca más productivos del mundo.

Mientras tanto, en las latitudes polares árticas el agujero de la capa de ozono, después del máximo enfriamiento a finales del largo invierno boreal, ha alcanzado su mayor dimensión. Mucho menor que el de la Antártida en la primavera austral por razón de su menor enfriamiento relativo respecto a la gran masa continental polar del Hemisferio Sur, pero no por ello menos preocupante para los pocos habitantes de Alaska, Siberia, Groenlandia o Escandinavia.

Nevadas en Arabia, veranillos en pleno enero centroeuropeo

Pero el caso es que cada vez más el tiempo es noticia y no porque nos hayamos convertido todos en ingleses y no sepamos de qué otra cosa hablar. Vivimos en un mundo más "caliente" que nunca por muchas razones y la atmósfera, parece ser, no se quiere quedar atrás.

Eneros (años 1998, 2001 y 2002) en que se pasea en mangas de camisa a la ribera del Sena en París, el Támesis en Londres o el Danubio en Budapest o Viena; y en cambio: precoces y brutales nevadas a principios de septiembre de 1996 en Austria, Baviera y Suiza y luego la primavera más fría en 150 años en Francia y Alemania en 2001; nevadas de medio metro en las estepas de Colorado en octubre de 1998 que sepultaron y aislaron a la ciudad de Denver durante dos días; nevadas en noviembre de 1999 en Barcelona; en abril de 1991 en la dulce Calabria del sur de Italia; 25 º en el Cantábrico en pleno invierno de este año; 32 º en la fría meseta castellana de los "nueve meses de invierno y tres de infierno" en la primavera del pasado año 2001; sequía de cuatro meses en Galicia e incendios en Asturias a principios de febrero pasado, mientras la gota fría había ocasionado los temporales de Levante más agudos que se recuerdan con pérdidas multimillonarias en el Mediterráneo español; nevadas en pleno desierto de Arabia, Siria o Palestina este pasado enero mientras en el habitualmente helado Central Park de Nueva York se tomaba el tibio sol de los 40º Latitud Norte en el invierno más suave que se recuerda en la Costa Este americana y en Moscú se batía el récord de temperatura más "agradable" en enero (+ 3,4º C...) de los últimos doscientos años... Eso es un mínimo ejemplo de la magnitud y excentricidad de los desmanes meteorológicos y sus consecuencias socioeconómicas durante la última década.

Árboles que florecen antes de tiempo, hojas que se resisten a caerse en otoño

Según un estudio de la Universidad de Múnich (Alemania) y hecho público en enero de 1999, la primavera y el verano se han alargado en once días durante los últimos 30 años. Dicho estudio, en base a datos existentes desde 1959 en la "Red de Jardines Fenológicos Internacionales" -una red botánica europea que abarca desde la Taigá de Laponia hasta la Maquia del Mar Egeo- demuestra que desde principios de los años 60 la primavera se ha anticipado una media de 0,2 días por año. El árbol más "madrugador", el almendro, hasta mediados del siglo XX daba su toque ancestral de flores blancas a las campiñas mediterráneas durante febrero -a primeros de mes al sur, en Valencia o Sicilia, o a finales en las costas del norte, en Provenza o Macedonia- y en la actualidad florece a finales de enero y, en años excepcionales, como 1998, se han visto florecer los almendros los primeros días de enero.

Los investigadores recalcan que, en sentido biológico, la primavera se establece en función de la floración de las hojas y no en sentido astronómico -en dicho caso la primavera siempre empieza hacia el 21 de marzo- y que, en términos de 30 años, este adelanto representa seis días para la primavera y un retraso de cinco días en la aparición del otoño. Los científicos de la Universidad de Munich han elaborado un modelo informático para ver de qué modo los cambios de temperatura afectan al calendario de floración de plantas y de caída de las hojas y la conclusión es contundente: el invierno tiende a concentrarse entre diciembre y enero en las latitudes meridionales -con cada vez más frecuentes ascensos anómalos de temperatura en medio de la estación y, además, el alargamiento de la primavera y el retraso del otoño están, poco a poco, corriendo al norte las franjas de vegetación y cultivos. Dichos investigadores ponen en énfasis los fenómenos extremos por la parte más cállida del continente, de una parte, como la desertificación notable en ciertas zonas del Mediterráneo, y el polo frío por otra: el retroceso de los glaciares en los Alpes y el avance del bosque boreal de la Taigá a costa de la Tundra ártica.

El Sahara a las puertas del Mediterráneo

El Dr Philip D. Jones, Profesor e investigador de Paleoclimatología en la Climatic Research Unit de la University of East Anglia, Norwich, nos confirma lo que nos temíamos: "el desierto avanza ya hacia el sur de Europa". La "pertinaz sequía" del Magreb es una realidad natural que afectará socioeconómicamente a los países de allende el Estrecho. Ello vendrá a añadirse a las causas políticas y demográficas que yacen en el trasfondo de la inmigración, de manera que mucha más población se verá expulsada y, además, "se producirá un corrimiento de unos centenares de kilómetros hacia el norte de las franjas climáticas, de vegetación y de potencialidades de cultivos", con las consiguientes crisis alimenticias e hidrológicas que se deriven. El Dr. Jones nos advertía el pasado mes de enero en el Museu de la Ciència de Barcelona: "Ustedes lo tienen dramático". Es decir: preparémonos para recibir a más turistas que nunca, por un lado, o inmigrantes por el otro, porque a nuestro clima más "mediterráneo que nunca" se va añadir la "desertificación contundente" del Norte de África.

Este efecto será evidente en países como España, en el límite sur de la franja templada, Un simple reclamo turístico como que la parte granadina de la costa mediterránea reciba el atractivo nombre de "Costa Tropical" dejará de ser algo más que márketing para convertirse en una realidad tangible. Las previsiones más optimistas, aún en el caso de que se aplicase desde ahora de una forma contundente y automática y sin fisuras el Acuerdo de Kyoto, no auguran nada bueno. La "tropicalización" del clima en el sur de la península será ya inevitable.

Javier Martín Vide, profesor titular de Geografía Física en la Universidad de Barcelona específica más aún: "gran parte de España, excepto la franja septentrional y Galicia, posee clima mediterráneo, con diferentes matices, y el clima mediterráneo es técnicamente un clima "subtropical". Por tanto, "no estamos muy lejos de la franja climática tropical, pero es evidente que el calentamiento nos acerca a las condiciones de los climas tropicales, en especial del clima tropical de desierto cálido".

¿El tiempo se ha vuelto loco? Los números hablan

Las estadísticas lo dejan a las claras: si bien hace más de veinte años que se habla del "calentamiento global", y hasta hace relativamente poco aún había científicos que dejaban la puerta abierta a un posible fenómeno "natural", el año pasado 2001 ha sido el 23 consecutivo en que la temperatura del planeta ha sido superior a la media climática global de unos 14 º C y el segundo más cálido de la historia desde que se disponen de registros estadísticos (en 1860) después del extremadamente anómalo 1998. Y esto no ha hecho más que comenzar.

Los 0,6 º de temperatura superior a la media climática mundial registrados en 2001 (ver "CNR" n. 60, febrero 2002) no son nada comparado con el trend (tendencia) previsto para mediados de este siglo en que, sin ir más lejos, empezaremos a notar los efectos más dramáticos sobre la naturaleza y la máxima "creación" de esta: Nosotros, el ser humano, víctima y causante en buena parte de este deterioro bioclimático del planeta.

La vida existe porque la Tierra es un invernadero

La temperatura de la Tierra depende de unas variables sumamente frágiles. El balance de radiación entre la energía que recibimos del Sol y la que literalmente "rebota" la atmósfera -gracias a que vivimos técnicamente en un "invernadero"- es la clave. Los estudios demuestran que la Tierra debería de estar congelada, con una temperatura media de unos -20 º C., pero eso no es así. ¿Por qué?

La paradoja se resuelve teniendo en cuenta los componentes de la atmósfera y las leyes físicas de la radiación. El Sol emite energía a una temperatura de +5.500 º C. , esta llega a la troposfera y gracias a ciertos gases se produce un efecto de "filtrado" que permite dos cosas: primero que los rayos infrarrojos no nos cieguen y abrasen y, segundo, que bajo esta capa de gases (la "capa de ozono") se produzca el "agradable efecto invernadero" que ha permitido la vida en nuestro planeta. Desde hace 3.800 millones de años este equilibrio ha sido precario pero estable y gracias al vapor de agua, el metano, el óxido nitroso, el ozono y, especialmente, el bióxido de carbono (CO 2) la Tierra goza de una envidiable temperatura de 14 º C y de unas diferencias mínimas entre la noche y el día y, aunque nos parezca mentira, entre las diferentes estaciones del año. ¡Ríanse los siberianos de la extrema diferencia de temperaturas (continentalidad) entre el invierno y el verano que "sufren" al lado de la de nuestro planeta "gemelo" Marte, ¡donde las diferencias entre el día y la noche son de más de 100 º C!

LINKS:

BIBLIOGRAFÍA:

-Climas y Tiempos de España, MARTÍN VIDE Javier y OLCINA CANTOS Jorge. Col. "Historia y Geografía, Alianza Editorial , Madrid septiembre 2001

-Los Grillos son un Termómetro, PICAZO Mario. Eds Martínez Roca, Barcelona 2000

-Insituto Nacional de Estadística, Anuario Estadístico de España (MMA, Meteorología)

-Weather Forecasting, The country Luife Guide To Weather Forecasting, Newnes Books, Hamlyn Publishing Group Ltd, Londres 1982

Después del calentamiento ¿una glaciación?

Sin nuestro invernadero que es la capa de ozono, de día nos abrasaríamos de calor y de noche nos congelaríamos y, aún así, en general la temperatura media sería bajo el nivel de congelación. Algunos estudios demuestran que a una fase se calentamiento, en la que ya estamos según vemos, le seguirá una de congelación. Esto se deberá a que el calentamiento favorecerá una mayor evaporación, más nubes y, finalmente, un "paroxismo contundente": la Tierra se congelaría a la larga irreversiblemente precisamente por haberse calentado en exceso, ya que la cobertura nubosa que un principio sería parecida a la que se produce en el Ecuador (con más lluvias torrenciales y menos sol que en los trópicos) se extendería impidiendo que la insolación alcanzase la tierra por ningún punto. ¿curioso no?

España: lluvias cada vez más torrenciales en medio de largas sequías

Es conocida la gran inercia de los procesos en el sistema climático y si a ello se añade la larga vida y persistencia de los gases contaminantes en la atmósfera "es difícil una rápida vuelta a la normalidad, aun eliminando drásticamente la emisión de gases de efecto invernadero". Para Martín Vide, uno de los especialistas más reputados en climatología de la Península Ibérica, "en el caso más optimista, llegaríamos a finales del siglo XXI con una temperatura media "sólo" 1 º C. superior a la media histórica de 14'º C, que será, de todos modos, nada menos que el doble de lo que el planeta se calentó a lo largo del siglo XX. Es lo "menos malo"" según el reputado geógrafo que, actualmente está analizando la irregularidad pluviométrica de la Península Ibérica y ha llegado a la conclusión de que "si la lluvia en

España se está haciendo cada vez más irregular. Eso sería también cambio

climático. Podrían totalizarse los mismos milímetros en promedio, pero con

una aparición temporal más extremada".

Las consecuencias del cambio climático se van a traducir en un aumento del riesgo de gotas frías en el Mediterráneo, sequías en lugares inhabituales como el Cantábrico y episodios fuera de estación como frío en primavera, fresco y atroces episodios tormentosos en plena canícula del verano o "veranillos" de San Martín en pleno invierno. Según Martín Vide, "un aumento de los sucesos o episodios extremos es consistente teóricamente, dado que el sistema climático para alcanzar un nuevo estado de equilibrio pasará por fases y sucesos de reajuste bruscos".

Primavera en verano y al revés

En el recuerdo queda el bienio 1997-98. Las estaciones se invirtieron en España. Durante la primavera de aquél año más de 20 observatorios de la red principal del INM batieron sus marcas de calor en marzo (29 º en Bilbao el día 3) y un observatorio como el de Gijón sólo recogió 2 ínfimos litros en todo el mes cuando lo normal está por encima de los 100. Luego en verano la nieve sorprendió a todas las cordilleras del norte por San Juan, principios de julio y de nuevo en agosto. Muchos españoles, de veraneo en las playas del Mediterráneo, se encontraron una persistencia inaudita de las nubes, el fresco y las lluvias y en capitales de provincia de la meseta se tenía que salir a pasear en chaqueta en plena canícula.

Lo peor es que lo de 1998, lejos de ser una excepción estadística que, a la larga entraría en la normalidad, esto ha sido el principio de un ciclo de tres años que ha continuado batiendo marcas por arriba en los termómetros fuera de tiempo. Ya que con igual intensidad esto ocurrió también durante el año 2001. El año pasado se inició con el invierno más templado y lluvioso que se recuerda en media España, prosiguió con dos anómalas olas de calor que batieron récords en marzo y mayo, luego víno uno de los veranos más largos -técnicamente media España. vivió 6 meses consecutivos de verano con temperaturas medias superiores a los 20

y llovió más en julio que en cuatro meses de primavera juntos. El final, colofón memorable al año más loco que se recuerda, fue la revancha del frío. Noviembre se inició con unos temporales insólitos en el Mediterráneo que acabaron desembocando en la segunda ola de frío más fuerte en diciembre en el último medio siglo. -22 º C en el Pirineo catalán, 40 capitales de provincia bajo cero en Navidad y el excepcional período bajo cero registrado en puntos del Ebro (Lleida)..

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Menos frío de noche, deshielo de los polos, aumento del nivel del mar

Las principales consecuencias que empezaremos a notar a medida que avance este siglo serán en palabras de Philip Jones "dramáticas". Según el "Proyecto Advise", que ha llevado a cabo su equipo de paleoclimatología, las consecuencias más visibles ya se han empezado a notar en la segunda mitad del Siglo XX. El aumento de temperaturas ha sido notorio en las latitudes templadas y frías del planeta y "espectacular" en ambos polos. Además, se ha visto como las noches son cada vez menos frías y ello es especialmente acentuado en las llamadas islas de calor urbanas.

Cualquier noche del año es visible la diferencia de temperaturas entre la Gran Vía de Madrid y el aeropuerto de Barajas o la Casa de Campo -de hasta 10 º en situaciones anticiclónicas de invierno- o de más de 5 º entre la Rambla de Barcelona y el Aeropuerto del Prat. ¡Imáginese la diferencia que puede haber en megalópolis de 10 o más millones de habitantes como Tokyo, Nueva York o Londres!, si en nuestras ciudades más pobladas que apenas llegan a los 3 millones de habitantes se registran tales diferencias desmesuradas cualquier noche del año en apenas una decena de kilómetros.

Algunos estudios no auguran nada bueno. En un caso extremo ya se es consciente de las consecuencias que sobre las grandes urbes marítimas del mundo (y el 60 % de la población urbana mundial se concentra en ciudades costeras) tendrá el aumento del nivel del mar producido por el deshielo progresivo -lento pero ya evidente- de los casquetes de hielo polares. Los estudios de paleoclimatología ponen al descubierto que las anomalías han existido siempre. Pero lo más notable de las últimas décadas es su aceleración y la vertiginosa ruptura de la inercia climática mencionada que las estadísticas confirman se ha producido durante los últimos 25 años.